Semana 10: Replanteando ideas
Esta semana decidí sumergirme de lleno en la investigación, con la intención de encontrar una base más firme para mi proyecto. Después de semanas de sentir que avanzaba con dudas, necesitaba que las ideas empezaran a ordenarse con más claridad. Ya sabía que el terreno tenía un potencial ambiental evidente (el estero, la vegetación, la cercanía con lo natural) y que ese contexto exigía una respuesta coherente. Pero, al mismo tiempo, seguía dándole vueltas a cómo ese enfoque podía transformarse en un verdadero eje articulador para el barrio. No quería que la agricultura fuera solo un programa funcional aislado. Quería que tuviera sentido urbano, social y territorial.
Ya había trabajado antes con temas agrícolas y, para ser sincera, estaba un poco chata de eso. Siento que muchas veces se nos pide abordar lo productivo sin terminar de entender cómo eso se traduce en arquitectura, o cómo se conecta de verdad con la comunidad. Esta vez no quería caer en lo mismo. Entonces, entre lecturas, referencias y búsquedas algo caóticas, me encontré con el concepto de agroecología. Y fue un punto de inflexión.
La agroecología no se limita a la producción agrícola; es un enfoque integral que cruza lo ecológico con lo social, lo educativo, lo político incluso. Es entender los procesos naturales como parte de una cultura viva, como una forma de habitar el territorio en equilibrio con sus ciclos. Y ahí sentí que algo hacía clic: esto sí podía ser una vía válida para articular los sectores, para responder a la fragmentación barrial desde una estrategia que mezcla cuidado ambiental, activación comunitaria y educación.
Entonces, empecé a pensar en conceptos que pudieran traducir esa idea a nivel proyectual. ¿Qué significa enraizarse en un territorio? ¿Cómo podría el proyecto desplegarse como una serie de recorridos que funcionen como raíces, conectando personas, espacios y saberes? ¿Es posible pensar la arquitectura como una estructura viva, que se entrelace con su entorno como lo haría un sistema vegetal? Aún no tengo un concepto definido, pero hay palabras que se repiten y me resuenan: raíces, comunidad, territorio, equilibrio, flujo, transición.
La idea de agroecología se queda. No solo porque responde al lugar, sino porque me permite construir una propuesta que va más allá de resolver un borde natural o diseñar espacios productivos. Me abre la posibilidad de pensar una arquitectura que active, que enseñe, que integre, que transforme. Ahora el desafío es seguir profundizando y dar con esa imagen-concepto que me permita proyectar con claridad. Pero al menos, por primera vez en mucho rato, siento que el tema me habla. Y eso ya es un avance importante.





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